"El ejercicio es saludable", "Debe usted
hacer ejercicio...". Estas y otras frases similares invitando
a la práctica del ejercicio físico son aceptadas por la mayor
parte de la sociedad actual como axiomas absolutos, constituyendo
incluso un elemento de valoración de la calidad de vida de
la población.
Como
consecuencia las actividades deportivas han experimentado
una amplia difusión, desarrollándose en todos los niveles
sociales sin distinciones de sexo o edad.
Actualmente nos son familiares las escenas
de ancianos enfundados en atuendo deportivo, caminando, corriendo,
jugando a la petanca, o realizando ejercicios gimnásticos
en parques, playas o instalaciones deportivas.
La cuestión que se nos plantea es la siguiente:
¿ Hasta que punto dichas actividades han sido planificadas
de forma que brinden a la persona que las práctica los máximos
beneficios para su salud?
Nadie a estas alturas pone en entredicho
los beneficios que el ejercicio físico aporta a la persona.
La Sociedad Americana del Corazón incluyó el sedentarismo
como factor de riesgo coronario. Programas bien diseñados
de entrenamiento han permitido a pacientes cardiópatas correr
una maratón con marcas nada desdeñables. Pero el problema
aparece cuando individuos, sin ningún tipo de preparación,
deciden iniciarse en la práctica de deportes con exigencias
físicas notables sin haberse sometido a un examen médico previo,
o, cuando menos , haber consultado con algún profesional de
la salud.
Por otro lado nos encontramos con el deporte
de competición, que somete al organismo a altas exigencias
y que puede determinar la aparición de patología, sobre todo
en el caso de los niños que inician dicha actividad antes
de haber concluido su normal desarrollo.
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